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Helicón... Taller de exploración de la palabra. Surgió en el Taller de Arte de Diag. 73 Nro 2065 como un espacio de lectura y escritura grupal. Se transformó en otro espacio de intercambio de alegría, escritura, lectura y anécdotas de 7 mujeres con ánimo de "decir". Y para decir al mundo, nace este lugar que da vida y se nutre de comentarios y textos del Taller con el afuera. Integrantes: Victoria Guzner Delia Urretaviscaya Patricia Cuscuela Patricia Crescenzo Mariana Quintana Lorena Rodríguez, Alicia Canutti, Mabel Nuñez y una especie de guía, quien escribe esta presentación: Analía Rodríguez Borrego. Bienvenidos!!

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martes, 12 de febrero de 2013

Anűmn Wanalen, el germinador de estrellas, de Patricia Cuscuela



Anűmn tenía su vivero en un  lago naranja, olvidado hasta por los poetas, ubicado justo en el centro de la rosa de los vientos.
La tarea de germinar estrellas era muy,  pero muy delicada. Requería de una especial habilidad saber cómo protegerlas del sol, en qué momento las estelas estaban listas para enraizar y, sobre todo,  cuál era la cantidad exacta de luz de luna para su riego.
 La demanda de estrellas era verdaderamente importante, llegaban pedidos desde todas las galaxias y en las temporadas sin luna, resultaba muy difícil cumplir con ellos.
Anűmn esperaba con impaciencia las quincenas impares del decimonoveno mes del año porque esa era justamente la época de la mejor cosecha. Ya desde el atardecer, desplegaba sus herramientas a orillas del lago y con gran destreza, al caer la noche, comenzaba a enhebrar las estrellas en un hilo invisible. Debía tener mucho cuidado para no pincharles el corazón. Si eso ocurría, todo se volvía oscuro y la luminosa entidad desaparecía dando lugar a un agujero negro. Los agujeros negros eran muy dañinos, la peor plaga que pudiera atacar a las estrellas, ya que tenían la mala costumbre de devorar todo a su alrededor. Un solo agujero negro podía arruinar una cosecha entera.
Anűmn  cultivaba estrellas de tres; cuatro; cinco y hasta diez puntas. Entre sus especialidades había estrellas  federales, estrellas unitarias, estrellas de Belén - muy buscadas en Navidad para iluminar arbolitos ahorrando energía-,  también figuraban en su catálogo: estrellas para categorizar hoteles y para ser regaladas a los recién nacidos. Un producto muy reconocido eran las diminutas estrellas, semejantes a puntitos de luz, usados por la señora Alegría para darle un toque de distinción a sus trabajos.
Una estrella acuática, la más grande, con una luz especial que tornasolaba reflejando el naranja del lago, era la preferida de Anűmn. Decía que nunca la vendería y la llamaba Lambda. Las noches en que no había cosecha iba al lago a admirarla y así, embelesado, solía sorprenderlo el mediodía. Por estas épocas el tiempo, que transcurría muy lento, decidió escapar de las cárceles de los calendarios, las horas se hicieron alas con las agujas de los relojes y se largaron a volar dejando a las campanillas de los despertadores mudas de la sorpresa. Así fue como los decimonovenos meses del año con sus quincenas impares se agolpaban unos tras otros y las cosechas comenzaron a sucederse con una inusitada rapidez. Ya no alcanzaban las estrellas a cubrir la demanda y Anűmn , desesperado, debió desprenderse  de su estrella favorita. La cosecha de Lambda demandó tiempos verbales, musicales y compuestos, se había arraigado tan profundo que costó un trabajo eterno desprenderla.
Al salir la raíz de la estrella, el lago comenzó a vaciarse y las estrellas pequeñitas remontaron vuelo arrastradas por la brisa que las invitaba a subir. En breve, el vivero desapareció. Sólo quedó Anűmn llorando a carcajadas en el lago seco.

                                                                 Patricia Cuscuela ôô primavera 2012

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