Anűmn tenía su vivero en un lago naranja, olvidado hasta por los poetas,
ubicado justo en el centro de la rosa de los vientos.
La tarea de germinar estrellas era muy, pero muy delicada. Requería de una especial
habilidad saber cómo protegerlas del sol, en qué momento las estelas estaban
listas para enraizar y, sobre todo, cuál
era la cantidad exacta de luz de luna para su riego.
La demanda
de estrellas era verdaderamente importante, llegaban pedidos desde todas las
galaxias y en las temporadas sin luna, resultaba muy difícil cumplir con ellos.
Anűmn esperaba con impaciencia las quincenas
impares del decimonoveno mes del año porque esa era justamente la época de la
mejor cosecha. Ya desde el atardecer, desplegaba sus herramientas a orillas del
lago y con gran destreza, al caer la noche, comenzaba a enhebrar las estrellas en
un hilo invisible. Debía tener mucho cuidado para no pincharles el corazón. Si
eso ocurría, todo se volvía oscuro y la luminosa entidad desaparecía dando
lugar a un agujero negro. Los agujeros negros eran muy dañinos, la peor plaga
que pudiera atacar a las estrellas, ya que tenían la mala costumbre de devorar
todo a su alrededor. Un solo agujero negro podía arruinar una cosecha entera.
Anűmn cultivaba
estrellas de tres; cuatro; cinco y hasta diez puntas. Entre sus especialidades
había estrellas federales, estrellas unitarias,
estrellas de Belén - muy buscadas en Navidad para iluminar arbolitos ahorrando
energía-, también figuraban en su catálogo:
estrellas para categorizar hoteles y para ser regaladas a los recién nacidos. Un
producto muy reconocido eran las diminutas estrellas, semejantes a puntitos de
luz, usados por la señora Alegría para darle un toque de distinción a sus
trabajos.
Una estrella acuática, la más grande, con una luz
especial que tornasolaba reflejando el naranja del lago, era la preferida de
Anűmn. Decía que nunca la vendería y la llamaba Lambda. Las noches en que no
había cosecha iba al lago a admirarla y así, embelesado, solía sorprenderlo el
mediodía. Por estas épocas el tiempo, que transcurría muy lento, decidió
escapar de las cárceles de los calendarios, las horas se hicieron alas con las
agujas de los relojes y se largaron a volar dejando a las campanillas de los
despertadores mudas de la sorpresa. Así fue como los decimonovenos meses del
año con sus quincenas impares se agolpaban unos tras otros y las cosechas
comenzaron a sucederse con una inusitada rapidez. Ya no alcanzaban las
estrellas a cubrir la demanda y Anűmn , desesperado, debió desprenderse de su estrella favorita. La cosecha de Lambda
demandó tiempos verbales, musicales y compuestos, se había arraigado tan
profundo que costó un trabajo eterno desprenderla.
Al salir la raíz de la estrella, el lago comenzó a
vaciarse y las estrellas pequeñitas remontaron vuelo arrastradas por la brisa
que las invitaba a subir. En breve, el vivero desapareció. Sólo quedó Anűmn
llorando a carcajadas en el lago seco.
Patricia Cuscuela ôô primavera 2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario