Octubre 1951
Compadre,
He decidido escribirle
porque ya no sé lo que significa el verbo recibir. Me he desatado, no es mi
costumbre que la lengua se me haya desenfrenado pero lamentablemente fue con
ella.
Sí Don Sabas, con ella,
quien me prepara el alimento cuando éste escasea, quién comparte el dolor por
la pérdida de nuestro hijo. La verdad es que ya no quería que me cuestione
nada; si vendíamos o no nuestro Gallo, si los del Correo alguna vez se iban a
acordar de lo que fui y recibiría el cheque…
No lo espero más, no
espero más nada de nada ni de nadie. Lo quiero compadre pero mi paciencia llegó
a un límite. No creo que ella, alguna vez, me prepare de cenar Mierda, pero
bien merecida que la tendría, hasta le digo que brindaría por ella. Porque la
verdad es que tenemos eso para comer, ni para el pan nos alcanza…
No sé Don Sabas, me
avergüenza contarle esto pero no sabía con quién hablar. Ya ni el Gallo me
escucha. Me pregunto todos los días, ¿habré sido realmente importante?, qué
valía más, ¿la vida de Agustín o el honor a la Patria ? ¿Por qué Octubre
resultó y resulta ser tan cruel?
Y me sigo preguntando mil
cosas más, lo único que sí espero, que usted, Don Sabas, sea quién me escriba.
Atte.
El Coronel.
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