Lugar: un campo cubierto de doradas espigas mecidas por el viento, se inclinan, se tocan, se elevan como un dorado mar siguiendo su ritmo musical que solo ellas escuchan.
El terreno está dividido por una franja angosta de tierra. De vez en cuando una nube de polvo se eleva como una pluma queriendo gravar, pero lentamente vuelve a depositarse en el terreno.
Hora: El sol del atardecer envía una suave y dorada luz, embelleciendo las mieses, saben que vendrán las sombras a empujar su luz a otros mundos. Pero aún no…espera.
Todo lo que sus rayos alcanza, cobra una inefable placidez. Hoy el sol no tiene voluntad de explotar en múltiples resplandores cromáticos, como escribe casi a diario en su ocaso. ¡No! Hoy quiere sumarse al suceso a ocurrir.
Suceso: Un auto aparece despacio por el camino entre los trigales. Se detiene. Baja un joven, hermoso, de fuerte contextura, la tez curtida, bronceada. Los hombres de campo conocen la calma de la espera, siempre espera; esperar para sembrar, para ver crecer, ver madurar, que el tiempo ayude, y así siempre. Abre la puerta trasera y ayuda a bajar a un gran viejo perro negro con palabras cariñosas. El animal no se encuentra bien y gime. A simple vista se ve que sufre mientras baja con inseguros pasos. El joven lo ayuda, caminan y se sienta contra las mieses, negro se echa a su lado y apoya su cabeza en las rodillas del joven. La tristeza del joven es visible. Acaricia a Negro y comienza a hablarle.
¡Negro! Lo que quiero es ayudarte, ayúdame tú. ¡Vamos! Llena tu cabeza de recuerdos, cuando cachorro me has comido decenas de zapatillas, has roto todas las patas de las mesas y sillas. En veinte años juntos hemos pescado días enteros, dormido bajo árboles. Has sido mi acompañante en el tractor, en el auto, en el carro. Hemos corrido a orillas del mar, por el campo, siempre ganabas, siempre amándonos. Te aman todos en casa, por eso te he traído acá, para que juntos recordemos. Llena tu cabeza de imágenes, Negro, da un gruñido de asentimiento.
El joven saca de su campera una jeringa y la aplica al animal con una mano y con la otra quiere tapar los ojos del Negro, pero él, en un último esfuerzo le quita la mano, dirige al joven una mirada en la que condensa todo su amor. El joven lo abraza largo rato llorando como solo los fuertes pueden hacerlo. Negro queda inmóvil.
El sol ha visto lo suficiente y permite que las sombras imperen desdibujando la imagen.
Delia Urretaviscaya
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