Aún flotaba en el aire el último golpe de badajo sobre la campana mediana del Angelus cuando un hombre y una mujer entraron a la catedral. No iban juntos, la casualidad quiso que coincidieran en tiempo y espacio, tal vez en intenciones. Los dos se dirigieron hacia el ala derecha, poblada de imágenes, cada una con altares individuales, ebúrneas tarimas para la oración devota de pedido o agradecimiento.
Sobre el ala izquierda un grupo de personas, probablemente turistas, acompañados de un guía, admiraban los frisos realizados en madera bruñida que, representando estaciones del vía crucis, rematan las columnas que delimitan la nave central del templo.
La mujer se detuvo ante la imagen de San Pantaleón, tocó sus pies y se persignó mientras se prosternaba en la tarima que sostenía el pedestal.
El hombre, que avanzaba detrás, se adelantó con paso decidido hincándose en el primer banco. Allí se quedó inmóvil un rato. Parecía rezar.
Un escolano que aprestaba un altar secundario para el próximo oficio, apoyó la limosnera sobre la pila bautismal ubicada en un extremo del transepto y encendió un cirio. El altar principal, destinado a los oficios de fin de semana o de fiestas de guardar, está en penumbras.
La mujer vuelve a persignarse y se levanta, interrumpiendo su plegaria a San Pantaleón para adelantarse. En su rostro se dibuja una mueca de sorpresa o tal vez de desagrado al ver al hombre, ahora sentado como a la espera y se pregunta cuánto tiempo más permanecerá el individuo en ese lugar.
El guía ensalza la magnificencia del fresco de estilo bizantino que corona la cúpula principal, pintado en 1747… la mujer sabe que es la última parte de la visita guiada. Ya lo ha escuchado otras veces.
El sacristán que se había retirado un momento vuelve a entrar con un ramo de hemerocallis de suave color te y las ubica en un copón de cristal de finísimo tallado. Se dirige hacia la entrada, mientras mira con disimulo a la mujer que se pasea nerviosa sin decidirse a ocupar un lugar.
El hombre oye crujir el banco a sus espaldas y con el rabillo del ojo ve a la mujer abrir el misal. La muy pilla dio vueltas hasta que logró ponerlo nervioso. Es el momento, piensa. Ve alrededor y la catedral está vacía. Se levanta y caminando muy lentamente se aproxima a la pila de bautismo. Allí, con un un rápido movimiento, semejante a un zarpazo, se apodera del terciopelo morado y entonces corre, cruza la nave central sin tiempo para la señal de la cruz y se dirige hacia la puerta de la izquierda.
La mujer acorta camino entre los bancos, alcanza a persignarse cuando cambia de ala. Es casi una gacela deslizándose en zigzag diagonal dentro del templo y lo alcanza. El hombre está como atontado por el golpe en la cara cuando la mujer le arrebata de las manos la limosnera. Ella sabe que entre el Angelus y las Vísperas el sacristán pone llave a la puerta izquierda. Sigilosa, hace un nudo con la sobrefalda, vuelca en su regazo el contenido de la bolsa y la deja, vacía, al lado del hombre que, perplejo, no atina a otra cosa que a observarla.
La mujer se santigua nuevamente y sale de la catedral como si nada, mientras las campanas echan al vuelo las Vísperas.
Patrcicia Cuscuela
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