Esto que les voy a contar sucedió hace aproximadamente un año y así como vino se fue, por eso es que ahora puedo contarlo.
Subí al micro como todos los días para ir a trabajar. Saqué el boleto y me senté en uno de los pocos asientos desocupados que había. Me instalé cómodamente y me dispuse a disfrutar el pequeño viaje. Me gusta mucho viajar. Me encanta mirar por la ventanilla los jardines y las casas tratando de adivinar qué pueden estar haciendo las personas que las habitan. Me los imagino desayunando, vistiéndose apresurados para ir a trabajar, encarando la limpieza de la casa o el lavado de la ropa, tal vez la preparación temprana de un buen tuco así está listo para cuando regresen todos a almorzar. Observo también a los comerciantes preparando sus mercaderías ¿tendrán buenas venta en el día de hoy? En cada parada me fijo en la gente que sube. Miro sus ropas, su actitud. ¿A dónde irán? ¿Tendrán una buena vida? ¿Alguien los ama? Y así pensando en todas esas cosas el viaje transcurre muy rápido.
Ese día iba sumida en mis pensamientos. No podía dejar de pensar en mi vecina, pobrecita, su hija estaba muy enferma. Una brusca frenada me sacó de mi ensimismamiento. Una señora subió al micro. Primero habló unas palabras con el chofer y luego, con voz clara y fuerte preguntó: ¿Teresa estás aquí? Sí, respondí sorprendida, soy yo. –Bueno, vení conmigo por favor, necesito que pruebes el tuco, me parece que le falta sal. Intrigada, sorprendida, asustada y no sé cuántas cosas más comencé a incorporarme pero de inmediato me encontré en una cocina con la señora que había subido al micro. Me ofrecía un trozo de pan embebido en tuco y pinchado en un tenedor. Me llevé el trozo de pan a la boca, lo mastiqué e instantáneamente retrocedí en el tiempo. El sabor del tuco era increíblemente parecido a aquél que hacía mi abuela y que como esta señora me lo daba a probar en un trozo de pan. Un retazo de mi infancia acudió a mi memoria. La abuela, el olor del tuco, la casa grande, mis hermanos, los enormes paraísos que florecían en primavera. Quise comentarle a la señora todos mis recuerdos y cuando apenas comenzaba a articular la primera palabra estaba nuevamente en mi asiento. Miré a mi alrededor, todo parecía normal. Me quedé dormida, pensé, pero todo había parecido tan real que tuve mis dudas. ¿Alguien puede imaginarse algo tan extraño como lo que me había sucedido? No pude pensar en otra cosa en todo el día. A la mañana siguiente, con bastante temor, me senté muy erguida en mi asiento para no dormirme. Pero nada sucedió ese día ni los días subsiguientes. El episodio quedó guardado en mi mente como una ensoñación producto tal vez del cansancio. Ya casi no lo recordaba cuando otra vez el micro frenó de golpe, subió un señor, habló con el chofer y luego preguntó: ¿Teresa estás aquí? No respondí, sólo comencé a incorporarme y como sucedió anteriormente me encontré fuera del micro pero esta vez en una ferretería. – Ud. se preocupa mucho por mí, me dijo el ferretero, pero para su tranquilidad le cuento que no me va tan mal, podría ir mejor pero en este país un día estamos bien otro estamos más o menos, en fin, no puedo quejarme. Y ya que está le pregunto ¿la vidriera se ve bien desde el micro? S…s…sí quise contestarle pero nuevamente estaba en el micro sentada muy erguida en mi asiento. A mí alrededor todo estaba normal. Cuando apenas pude salir de mi asombro me di cuenta que me había pasado dos paradas. Tiene que ser el cansancio, no encuentro otra explicación. Para no aburrir, les cuento que a los 15 días aproximadamente sucedió exactamente lo mismo con la señora que limpia la casa y lava la ropa.
Para ser honesta la situación no sólo no me asustaba sino que me agradaba. Durante el viaje, por algunos instantes estaba probando un exquisito tuco, o ayudando a alguien a arreglar una vidriera, le alcanzaba el trapo de piso a la señora que limpia, conversaba con los que subían: ¡Hola Teresa! Me decían, y me contaban adónde iban, quien los amaba y demás. Me acostumbré a convivir con todos ellos. Los viajes en micro eran cada vez más placenteros. Pero…dicen que lo bueno dura poco y así fue como un buen día mis amigos de viaje dejaron de venir, no subieron más al micro. Cada día pensaba más intensamente en ellos mientras viajaba, pero nada, no venían al micro. Buscaba ansiosamente en cada pasajero a aquellos que me contaban sus cosas. Miraba fijamente por la ventanilla la vidriera de la ferretería, Pero nada. Nadie venía al micro. Tampoco venía la señora que limpia la casa ni la que hace el tuco. Nadie venía al micro. Y yo los quiero ver en el micro porque, sinceramente, cuando llego a casa por la tardecita, cansada del trabajo, con ganas de cambiarme de ropa y ponerme cómoda a tomar unos mates en silencio después de aguantar a tanta gente hablando todo el tiempo, están todos ellos ahí, los del micro, esperándome, ansiosos por conversar conmigo. Con un hilo de voz y con cierto fastidio les pregunto: ¿Cómo están? -Muy bien, responden, estamos aquí imaginándote.
Tovanda
Victoria Guzner
Tovanda
Victoria Guzner
Alentemos la palabra como modo de vivir y re-vivirnos.Subamos a este micro!!
ResponderEliminarQué lindo cuentoooooooooo
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