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Helicón... Taller de exploración de la palabra. Surgió en el Taller de Arte de Diag. 73 Nro 2065 como un espacio de lectura y escritura grupal. Se transformó en otro espacio de intercambio de alegría, escritura, lectura y anécdotas de 7 mujeres con ánimo de "decir". Y para decir al mundo, nace este lugar que da vida y se nutre de comentarios y textos del Taller con el afuera. Integrantes: Victoria Guzner Delia Urretaviscaya Patricia Cuscuela Patricia Crescenzo Mariana Quintana Lorena Rodríguez, Alicia Canutti, Mabel Nuñez y una especie de guía, quien escribe esta presentación: Analía Rodríguez Borrego. Bienvenidos!!

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jueves, 29 de diciembre de 2011

La curva, de Mariana Quintana




La curva era casi perfecta, podría decirse que eso, sin mirar, nadie lo hubiera podido lograr. Lograr, palabra que en el diccionario se define como conseguir, obtener y más allá que Alberto lo hubiera pensado, esa palabra no conseguía definir lo que hace tanto quería hacer pero que no se animaba.

-         Eso lo hacen los cobardes, respondía Mario cuando le contaban lo sucedido. Y no es que lo juzgue, no, nada de eso, simplemente es lo que pienso.

La arrogancia era uno de los peores defectos de este amigo con quien Alberto o Tito, como lo llamaban sus allegados, compartían largas charlas entre alcohol y cigarrillos. - Má qué cobarde y ocho cuartos, gritaba Pedro qué, con tantos años de angustia y unas copitas de alcohol, podía llegar a entender lo que Tito había hecho.

Dicen los que saben y los que no también, que la muñeca es uno de los lugares estratégicos para los que no quieren contar más el cuento. Así lo escuchaba, cada día que se sacaba el tema “Tito y la curva perfecta”, me resultaba un tanto irónico el nombre que le daban a la conversación; por qué más bien no hablar de “Tito y la privación de su juicio”, de “Tito y la acción inconsiderada” o quizá y, aunque parezca más alegre, “Tito y la exaltación del ánimo”.

La palabra “locura” causaba estupor en toda la gente del barrio, especialmente en el Bar, donde se juntaban todos los viernes. Se consideraba que tener un amigo con problemas psiquiátricos era una locura, valga la redundancia. Tenían miedo al “qué dirán”, los enfurecía cuando alguno andaba hablando por lo bajo, las risas ya no eran compartidas y una temporada de malestar y angustia los rodeaba casi sin poder despegarla de ellos.

Se hacía tarde y era viernes. Otro día que Tito no venía y que Francisco insistía en que su ausencia se debía a que “estaba curando a la muerte”. No entendíamos a qué se refería con eso, pero lo que sí sabíamos es que Panchito era un poeta incurable. Nuestras reuniones eran así, hablábamos de mujeres, del trabajo, de nuestra literatura favorita y, de vez en cuando, Tito que te recitaba un poema de Neruda o Machado al compás del tarareo de alguna melodía de Serrat interpretada por Pedro cuando estaba por la quinta copa de jerez.

Rara vez charlamos sobre los sentimientos, Francisco solía hacer hincapié que no exteriorizarlos podía ser peligroso.

            - Peligroso sí, riesgoso tal vez, murmuraba Tito mientras su dedo rozaba su barbilla y quedaba con los ojos perdidos. – A este lo sacudo y que se despabile de una vez, su angustia incesante me resulta un fastidio, refería Mario cuando veía que la conversación y gestos de Tito se convertían en un suplicio.

- El que avisa no traiciona, repetía Pedro a los gritos cuando iba para el baño, dejaba la puerta entre abierta y los observaba mientras orinaba.

¡Qué terrible fue enterarnos así!, uno queda frágil, endeble. – Y eso que les había avisado o mejor dicho NOS había avisado, pero resulta tan difícil ponerse del lado del otro. Preferimos sacarnos de encima los problemas ajenos que hacer algo por remediarlo, insistía Francisco moviendo la cabeza de un lado a otro con gesto resignado.

-         Quería adelantarse, acelerar el acto justificándose que no hay esperanzas, solo cree ver sufrimientos a su alrededor; se quejaba Mario con sentimiento de culpa por no comprender cómo no se había dado cuenta antes.

Pero Alberto, nuestro Tito, había zafado. Era tarde para lamentarse pero adecuado para remendarse.

La curva era casi perfecta pero Tito sabía que ésta era su segunda oportunidad.


 Mariana

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